La obesidad es, sin duda, uno de los mayores retos sanitarios de nuestra época. Según un amplio estudio publicado en marzo 2025 en The Lancet, casi 2.000 millones de personas ya padecían sobrepeso u obesidad en 2021. Y las previsiones distan mucho de ser tranquilizantes: de aquí a 2050, esta cifra podría ascender a 3.800 millones.
La obesidad no se debe a una falta de voluntad. Tampoco se trata de un problema individual. Es una enfermedad compleja profundamente arraigada en un cerebro adaptado para sobrevivir a la escasez de alimentos.
La obesidad comienza en el cerebro, y hoy sabemos que tanto su desarrollo como su tratamiento no son iguales en hombres y mujeres. Esta pandemia silenciosa, que avanza en paralelo a la diabetes tipo 2 – una de sus principales complicaciones –, ya afecta a más de mil millones de personas en todo el mundo.
Mientras nuestro entorno se vuelve cada vez más “obesogénico” (que favorece la obesidad), el cerebro sigue funcionando según reglas ancestrales que dificultan mantener la pérdida de peso, incluso con medicamentos tan revolucionarios como el semaglutido (Ozempic). Este cambio de perspectiva transforma los tratamientos actuales y abre el camino a nuevas terapias dirigidas directamente al cerebro.
Un cerebro ancestral en un entorno moderno
La obesidad y el sobrepeso suelen describirse como un exceso de grasa o un problema metabólico. Pero su origen profundo reside en el sistema nervioso central, en particular en el hipotálamo, la región que actúa como un “termostato energético”. Durante el 95% de nuestra historia evolutiva, hemos vivido en la escasez: caminar, cazar y recolectar eran indispensables, y el cerebro desarrolló mecanismos muy eficaces para defender la masa grasa, ya que perderla podía significar no sobrevivir.
Este “cerebro ancestral” funciona hoy en día en un entorno totalmente opuesto: alimentos hipercalóricos disponibles las 24 horas del día, sedentarismo, estrés crónico, trastornos del sueño y dietas ultraprocesadas.
El resultado es un desequilibrio entre nuestra biología y nuestro estilo de vida, que se ve agravado en las personas con predisposición genética. A esto se suma un factor que la investigación está empezando a explorar con claridad: el sistema que regula el peso no funciona de la misma manera en hombres y mujeres.
El hipotálamo: donde comienza la obesidad
El hipotálamo integra señales hormonales – como la leptina o la insulina – metabólicas y sensoriales para equilibrar la energía ingerida y la que se gasta. Cuando perdemos peso, el cerebro interpreta la situación como una amenaza y activa potentes mecanismos de defensa: aumenta el apetito, reduce el gasto energético y refuerza una “memoria metabólica u obesogénica” que empuja a recuperar el peso perdido.
Por eso, aunque la alimentación y el ejercicio físico son esenciales para la salud y siempre deben constituir el primer tratamiento, en muchas personas no bastan para revertir la obesidad cuando los circuitos cerebrales ya están alterados. Esto no invalida los beneficios de un estilo de vida saludable: simplemente reconoce que, en algunos casos, el cerebro necesita apoyo farmacológico para salir del círculo vicioso “obesogénico”.
Cuando el hipotálamo se inflama – ya sea por estrés, una dieta hipercalórica, falta de sueño, trastornos hormonales o una predisposición genética – se altera la actividad de las neuronas que regulan el hambre y la saciedad. Algunas personas logran recuperar espontáneamente su peso inicial después de haber comido en exceso; otras, en cambio, presentan un “freno hipotalámico” menos eficaz y engordan con mayor facilidad. La diferencia reside en el cerebro.
Perspectiva de género: dos cerebros, dos respuestas
Las neuronas hipotalámicas AgRP – que estimulan el hambre – y POMC – que favorecen la saciedad – regulan con precisión el comportamiento alimentario. Sin embargo, el hipotálamo no es solo un conjunto de neuronas: también incluye la microglía y las células inmunitarias del cerebro, cuya función ha resultado ser determinante. Tres fases de activación microglial existen en las primeras etapas de la sobrealimentación:
* Una activación precoz, rápida y reversible.
* Una fase inflamatoria prolongada, que altera los circuitos de la saciedad.
* Una fase final de desregulación, durante la cual los mecanismos que se supone que limitan el aumento de peso dejan de funcionar.
Estas fases no se desarrollan de la misma manera en hombres y mujeres. En los modelos murinos, las hembras presentan una respuesta neuroinmunológica más estable y protectora, lo que podría explicar por qué desarrollan la obesidad más tarde. Este patrón recuerda lo que se observa en las mujeres pre-menopáusicas.
Antes de la menopausia, las mujeres tienen un menor riesgo de padecer enfermedades metabólicas y cardiovasculares que los hombres, gracias al efecto protector de los estrógenos. Pero esta protección disminuye durante la perimenopausia y la menopausia, un periodo aún muy poco estudiado y crítico para el riesgo cardio-metabólico.
Además, en modelos animales y cultivos celulares, los investigadores han detectado alteraciones muy precoces – a nivel de la microglía, de señales lipídicas como los endocanabinoides y de la sensibilidad neuronal a la insulina – incluso antes de que aparezcan cambios visibles en los tejidos periféricos. Esto sugiere que el desencadenante inicial de la obesidad es cerebral. Es esencial integrar esta perspectiva de género para avanzar hacia tratamientos más precisos y eficaces.
Nuevas terapias contra la obesidad: las incretinas y la nano-medicina dirigida al cerebro
El tratamiento de la obesidad ha cambiado radicalmente desde 2021 con los agonistas del receptor del GLP-1. El semaglutido y otros fármacos de la familia de las incretinas, desarrollados inicialmente para la diabetes tipo 2, han demostrado una notable capacidad para reducir el peso gracias a sus acciones tanto periféricas como centrales.
Sin embargo, presentan limitaciones conocidas: efectos gastrointestinales, pérdida de masa magra, recuperación del peso tras suspender el tratamiento o respuestas variables según el perfil biológico del paciente. Estudios recientes también muestran diferencias según el sexo: las mujeres pre-menopáusicas tienden a responder mejor a estos tratamientos que los hombres.
Necesitamos tratamientos que actúen directamente sobre el cerebro, con mayor precisión y menos efectos sistémicos. Es aquí donde la nano-medicina dirigida al cerebro abre nuevas perspectivas.
Los investigadores están desarrollando nanoplataformas – micelas poliméricas, nanopartículas proteicas o formulaciones intranasales – capaces de transportar fármacos de forma selectiva hasta el cerebro. Estas tecnologías permiten encapsular moléculas que, si se administraran sin protección, resultarían ineficaces o tóxicas, con el fin de dirigirlas hacia las células que controlan el apetito y la homeostasis energética.
Estos enfoques podrían complementar o potenciar las incretinas, reducir sus efectos secundarios, mejorar la adherencia al tratamiento y aumentar el número de pacientes que responden a él. Constituyen una forma de tratar la obesidad desde su origen cerebral, gracias a intervenciones más personalizadas y duraderas.
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Revisión sobre la obesidad hipotalámica: de los mecanismos fundamentales a las perspectivas clínicas
Un equipo de investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela, el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid (España), la Universidad de Cambridge (Reino Unido) y la Universitätsmedizin Berlin (Alemania), la Universidad de San Sebastián, Santiago (Chile) et al, en un informe publicado por The Lancet en enero 2025, presentan una síntesis sobre la obesidad hipotalámica.
Una comisión formada por 58 expertos de diferentes países y especialidades médicas, así como por pacientes con obesidad, alerta sobre las alarmantes cifras de obesidad en el mundo. El objetivo de esta comisión ha sido elaborar un consenso a partir de datos probatorios actualizados.
Ha definido la obesidad “clínica” como una enfermedad crónica y sistémica, relacionada con un exceso de adiposidad en numerosos órganos y tejidos cuyas funciones se ven alteradas, con o sin anomalías en la distribución o la función del propio tejido adiposo.
Sus causas son multi-factoriales y aún no se comprenden del todo. Las lesiones en los órganos afectados provocan complicaciones graves, como trastornos metabólicos (diabetes), cardiovasculares, cerebro-vasculares y renales, así como cánceres y una mortalidad proporcional a la masa grasa.
La obesidad “preclínica” se define como una adiposidad excesiva sin manifestaciones clínicas, pero con riesgo de evolucionar hacia la obesidad clínica y sus complicaciones. La distinción entre obesidad preclínica y clínica es necesaria, tanto en términos de atención clínica como en lo que respecta a las políticas de salud. Esta atención se enfrenta a numerosos escollos, empezando por el índice de masa corporal (IMC) utilizado para definir la obesidad y que, mal utilizado, penaliza los enfoques de atención.
El IMC es útil para evaluar el riesgo epidemiológico y con fines de detección:
* Por encima de 40 kg/m², puede ser suficiente para predecir la obesidad.
* Entre 25 y 40 kg/m², no es suficiente.
El diagnóstico de la obesidad requiere la medición directa de la grasa corporal, si es posible, o el cálculo de parámetros antropo-métricos – contorno de cintura, relaciones cintura/caderas, contorno de cintura/altura – según métodos validados y umbrales adaptados a la edad, el sexo y el origen étnico.
Para hablar de obesidad clínica, es necesario demostrar uno de los dos criterios principales: el deterioro funcional de un órgano o tejido debido a la obesidad – signos clínicos, funciones de uno o varios tejidos u órganos –; o la reducción significativa de las actividades cotidianas, ajustadas a la edad: movilidad, actividades cotidianas (aseo, vestirse, control de esfínteres, alimentación).
Las personas con obesidad clínica deberán recibir un tratamiento tanto de la obesidad en sí misma como de las afecciones clínicas asociadas, basado en niveles de evidencia sólidos, con el fin de prevenir la progresión hacia afecciones irreversibles.
Los pacientes diagnosticados con obesidad preclínica deberán recibir una atención que combine recomendaciones, en particular sobre actividad física, alimentación, acompañamiento psicológico si es necesario, seguimiento médico y, eventualmente, un tratamiento destinado a reducir el riesgo de evolución hacia la obesidad clínica y las enfermedades asociadas, en función del riesgo individual de cada uno.
Los responsables políticos y las autoridades sanitarias deberán garantizar a las personas con obesidad clínica o preclínica un acceso equitativo a una evaluación diagnóstica, un seguimiento y tratamientos adaptados al nivel de riesgo individual, a cargo de profesionales que hayan recibido la formación adecuada.
Las estrategias de salud pública destinadas a reducir la incidencia y la prevalencia de la obesidad a nivel poblacional deben basarse en la evidencia, en lugar de hipótesis no validadas, y deben evitar asociar la obesidad a una responsabilidad individual. Los prejuicios relacionados con el peso y la estigmatización resultante constituyen obstáculos adicionales para los esfuerzos de prevención y tratamiento eficaz de la obesidad.
A pesar de la diversidad de manifestaciones de la obesidad, sólidas pruebas genéticas, clínicas y experimentales confirman el importante papel de los circuitos cerebrales en esta patología. El hipotálamo contiene circuitos reguladores fundamentales de la homeostasis del peso, cuya desregulación puede provocar obesidad. Aunque una alteración funcional de las vías hipotalámicas puede estar en el origen de formas comunes de obesidad, el término “obesidad hipotalámica” se ha establecido para designar las formas raras de obesidad grave en las que se puede identificar un sustrato hipotalámico claro, de origen genético o adquirido.
Para comprender en profundidad la patogénesis, el cuadro clínico y los objetivos terapéuticos de la obesidad hipotalámica es fundamental conocer las bases fisiológicas de las vías hipotalámicas que regulan el control del peso corporal, los mecanismos – genéticos o adquiridos – que las alteran y las consecuencias de dicha alteración.
En esta revisión, los investigadores ofrecen una síntesis de la obesidad hipotalámica, desde los mecanismos fundamentales hasta las perspectivas clínicas, haciendo hincapié en los avances recientes y las nuevas vías para el diagnóstico y el tratamiento preciso de estas formas raras de obesidad.
Efectos cardiovasculares de una intervención intensiva sobre el estilo de vida en la diabetes tipo 2
El grupo de investigación Look AHEAD (Action for Health in Diabetes) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Brown, los Institutos Nacionales de Salud, la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, Baltimore et al, en un estudio publicado por The New England Journal of Medicine de julio 2013, demostraron que una intervención intensiva sobre el estilo de vida en adultos con diabetes tipo 2 con sobrepeso u obesidad no reduce la tasa de eventos cardiovasculares graves.
El estudio Look AHEAD es un importante ensayo clínico aleatorio que siguió durante 10 años a 5.145 pacientes de entre 45 y 76 años, con un IMC medio de 36,0 y diagnosticados de diabetes tipo 2.
Su objetivo era determinar si una intervención intensiva sobre el estilo de vida – pérdida de peso, dieta, actividad física – reducía los riesgos cardiovasculares en comparación con un grupo de control que recibía apoyo y educación sobre la diabetes.
Resultados clínicos. No se observaron diferencias significativas en el criterio de valoración principal: muerte cardiovascular, infarto de miocardio no mortal, accidente cerebrovascular no mortal u hospitalización por angina.
Resultados principales del estudio
Aunque no se alcanzó el objetivo primario (reducción de infartos y accidentes cerebro-vasculares), la intervención intensiva aportó mejoras notables:
* Beneficios metabólicos. Mejora sostenida del control glucémico, la presión arterial y el perfil lipídico.
* Salud general. Reducción de la apnea del sueño, las nefropatías y las retinopatías diabéticas, así como disminución de la depresión y la incontinencia urinaria.
* Calidad de vida. Mejora de la movilidad física, disminución de los dolores articulares (rodillas) y reducción de los costes sanitarios generales gracias a una menor dependencia de los medicamentos.
* Contexto. La tasa de eventos cardiovasculares en ambos grupos fue muy inferior a las previsiones iniciales, lo que sugiere un manejo médico eficaz de los factores de riesgo en la cohorte global.
Fisiología de la recuperación de peso tras una pérdida de peso: últimos hallazgos
Investigadores de NUTRIM (Institute of Nutrition and Translational Research in Metabolism) de la Universidad de Maastricht (Países Bajos), en un estudio publicado en Current Obesity Reports en marzo 2025, ponen de relieve la existencia de una “memoria de la obesidad” persistente a nivel inmunitario y epigenético.
Objetivo. Esta revisión sintetiza las investigaciones más recientes sobre la fisiología de la recuperación de peso. Describe los avances en los ámbitos que se están estudiando actualmente y que podrían abrir perspectivas prometedoras para futuras investigaciones.
La recuperación del peso se produce independientemente del método utilizado para lograr la pérdida de peso previa – cambio de estilo de vida, cirugía o tratamiento farmacológico –. Los recientes descubrimientos sobre la recuperación del peso se dividen en cuatro ejes.
En primer lugar, la memoria inmunitaria de la obesidad: además de la persistencia de células inmunitarias que favorecen la recuperación del peso, se han identificado células capaces de reducirla.
En segundo lugar, la microbiota intestinal: un trasplante autólogo (originado del mismo organismo donante/receptor) puede limitar la recuperación de peso.
En tercer lugar, la composición de la pérdida de peso: el porcentaje de masa magra perdida es inversamente proporcional a la cantidad de peso recuperado, independientemente del método de pérdida de peso.
En cuarto lugar, la regulación del apetito: tras una pérdida de peso, persiste una actividad hipotalámica alterada, que favorece el hambre y la recuperación de peso, posiblemente a través de una modificación de las respuestas a la neurotensina : compuesta por trece aminoácidos, se encuentra en las neuronas del cerebro y en las células secretoras de nitrógeno del intestino.
Puntos clave de los hallazgos
Memoria inmunitaria. Las modificaciones epigenéticas provocadas por la obesidad persisten en la médula ósea y el tejido adiposo tras la pérdida de peso, lo que mantiene una inflamación sistémica que facilita la recuperación del peso.
Persistencia biológica. Aproximadamente entre el 60% y el 75% de los cambios genéticos observados en los adipocitos durante la obesidad no se revierten por completo con la pérdida de peso, lo que crea una vulnerabilidad biológica duradera.
Implicaciones clínicas. Esta investigación explica por qué la regulación del peso es compleja: el cuerpo no vuelve simplemente a un estado metabólico “neutro” tras una dieta.
Incluso tras la pérdida de peso, el cuerpo conserva alteraciones en las células inmunitarias (especialmente los monocitos) y en el tejido adiposo que favorecen la recuperación del peso.
En los cuatro ámbitos estudiados, siguen siendo necesarias pruebas más concluyentes sobre su papel en la recuperación de peso. La mayoría de los estudios sobre los mecanismos fisiológicos de la recuperación de peso son de naturaleza asociativa y el número de estudios de intervención es muy limitado. Para avanzar en la investigación, son indispensables estudios de intervención rigurosamente diseñados, que tengan en cuenta el carácter dinámico de la pérdida y la recuperación de peso.
Redefinición de la cronología: un marco en tres fases de la micro-inflamación hipotalámica en las enfermedades metabólicas
Investigadores de la Universitat Internacional de Catalunya, en Sant Cugat del Vallès (España), en un estudio publicado en Reviews in Endocrine and Metabolic Disorders de octubre 2025, examinan la dinámica de la micro-inflamación hipotalámica, su impacto en la resistencia a la insulina cerebral y periférica, así como su papel en la alteración del equilibrio energético.
El hipotálamo desempeña un papel central en la regulación del equilibrio energético, y su disfunción contribuye de manera significativa al desarrollo de enfermedades metabólicas como la obesidad y la diabetes tipo 2. Aunque la inflamación periférica ha sido objeto de numerosos estudios, la inflamación hipotalámica, también denominada micro-inflamación hipotalámica, parece ser un evento temprano crucial en la patogénesis de estas enfermedades.
Esta respuesta inflamatoria localizada, moderada pero persistente, implica una interacción compleja entre diferentes tipos celulares, en particular la microglía, los astrocitos, las neuronas y los tanycitos, que presentan variaciones temporales y dinámicas. La micro-inflamación hipotalámica se desencadena por diversos factores de estrés metabólico, como las dietas ricas en grasas, el envejecimiento y la activación glial, y se produce incluso antes de que los tejidos periféricos muestren signos de inflamación.
En esta revisión, los investigadores proponen un marco conceptual que divide la progresión de la micro-inflamación hipotalámica en tres fases distintas:
* la chispa inicial, caracterizada por una señalización inflamatoria rápida;
* la transición adaptativa, en la que los mecanismos compensatorios intentan restablecer la homeostasis;
* la fase disfuncional, que conduce a una inflamación crónica y a una disfunción metabólica.
Comprender estos procesos es fundamental para identificar dianas (objetivos) terapéuticas y ventanas de intervención temprana con el fin de prevenir o revertir las enfermedades metabólicas.
A pesar de los avances significativos en la comprensión de la inflamación hipotalámica, siguen sin resolverse varias cuestiones cruciales, entre ellas los mecanismos precisos que originan esta respuesta, la cronología de los eventos moleculares y celulares, y la reversibilidad de las alteraciones tempranas.
Además, datos recientes sugieren que las diferencias relacionadas con el sexo influyen en la susceptibilidad y la progresión de la micro-inflamación hipotalámica, lo que complica aún más nuestra comprensión.
Los estrógenos sintetizados en el sistema nervioso central aumentan la expresión del MC4R y reducen la ingesta de alimentos
Un equipo japonés de las Universidades de salud de Fujita, Chiba y Fukuoka (Japón), en un estudio publicado por The FEBS Journal en febrero 2025, ha puesto recientemente de relieve el neuroestrógeno, una forma de estrógeno producida por el cerebro y que podría desempeñar un papel clave en el control del apetito.
El cerebro, un nuevo aliado en la lucha contra el aumento de peso. A diferencia de los estrógenos ”clásicos”, producidos por los ovarios, los neuroestrógenos se fabrican directamente en el cerebro, gracias a una enzima llamada aromatasa. Hasta hace poco, su papel en la regulación del peso era poco conocido.
Los investigadores han descubierto que estas hormonas cerebrales actúan sobre un receptor bien conocido en el ámbito del apetito: el MC4R, situado en el hipotálamo. En ratones privados de neuroestrógenos, observaron un fuerte aumento de la ingesta de alimentos, acompañado de un rápido aumento de peso.
Pero una vez restablecida la producción de neuroestrogénicos, los ratones comenzaron a comer menos, con una clara activación del receptor MC4R. Y lo que es mejor: su respuesta a la leptina, la hormona que indica la saciedad al cerebro, mejoró notablemente.
Los investigadores observaron que los ratones en los que se restablecieron los neuroestrogénicos respondían de forma más eficaz al tratamiento con leptina. Esto podría explicarse por el hecho de que los neuroestrogénicos refuerzan los mecanismos naturales de supresión del apetito.
Estos resultados sugieren que los neuroestrogénicos podrían actuar como un freno natural del hambre, una función que resulta especialmente interesante de explorar.
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Alimentos ultraprocesados: ¿qué efectos tienen sobre nuestra salud y cómo podemos reducir nuestra exposición a ellos?
Los alimentos ultraprocesados, que suelen ser demasiado azucarados, salados y calóricos, contienen además numerosos aditivos, aromas y otras sustancias derivadas de sus procesos de fabricación industrial. Sin embargo, cada vez hay más pruebas que relacionan su consumo con diversos problemas de salud.
¿Qué se entiende por “alimentos ultraprocesados”?
En la actualidad, en Francia se estima que, en promedio, entre el 30 % y el 35 % de las calorías que consumen a diario los adultos proceden de alimentos ultraprocesados. Esta proporción puede alcanzar el 60 % en el Reino Unido y en Estados Unidos. Si bien en los países occidentales las ventas de estos productos se han estabilizado – aunque a niveles elevados –, están experimentando un auténtico boom en los países de ingresos bajos y medios.
Como su nombre indica, los alimentos ultraprocesados son alimentos, o formulaciones derivadas de alimentos, que han sufrido transformaciones importantes durante su elaboración. Se fabrican de forma industrial, mediante una gran variedad de procesos – calentamiento a alta temperatura, hidrogenación, pre-tratamiento por fritura, hidrólisis, extrusión, etc. – que modifican radicalmente la matriz alimentaria de partida.
Extrusión alimentaria. Se trata de un proceso industrial que consiste en hacer pasar una mezcla de ingredientes a través de una matriz a alta presión y temperatura para cocinarla, transformarla y darle una forma específica. Esta técnica combina amasado, cizallamiento y compresión, lo que permite crear texturas variadas – expandidas, crujientes, lisas –. Es esencial para la fabricación en continuo de cereales, pastas, aperitivos, galletas y sustitutos de la carne.
Por otra parte, los alimentos ultraprocesados se caracterizan en su formulación por la presencia de “marcadores de ultraprocesamiento”, entre los que se encuentran los aditivos alimentarios destinados a mejorar su aspecto, sabor o textura con el fin de hacerlos más apetecibles y atractivos: colorantes, emulsionantes, edulcorantes, potenciadores del sabor, etc. En la actualidad, hay 330 aditivos alimentarios autorizados en Francia y en la Unión Europea.
Además, en la composición de los alimentos ultraprocesados también se incluyen ingredientes que no están sujetos a la normativa sobre aditivos alimentarios. Se trata, por ejemplo, de aromas, jarabes de glucosa o fructosa, aislados de proteínas, etc.
Debido a los procesos de transformación a los que se someten, estos alimentos también pueden contener compuestos denominados “neógenos”, que no estaban presentes inicialmente y algunos de los cuales pueden tener efectos sobre la salud.
Por último, los alimentos ultraprocesados suelen venderse en envases sofisticados, en los que a menudo permanecen conservados durante días, semanas o incluso meses. A veces también se calientan en el microondas directamente en sus bandejas de plástico. Por ello, son más propensos a contener sustancias procedentes de dichos envases.
Existen numerosos procesos y aditivos autorizados para modificar los alimentos. Ante la profusión de alimentos presentes en los estantes de las tiendas, ¿cómo saber si un alimento pertenece a la categoría de los “ultraprocesados”?
Una clasificación para indicar el nivel de transformación
Un buen punto de partida para saber, en la práctica, si un producto entra en la categoría de alimentos ultraprocesados es preguntarse si contiene únicamente ingredientes que se pueden encontrar tradicionalmente en la cocina. Si no es así, si contiene, por ejemplo, emulsionantes o aceites hidrogenados, etc., es muy probable que se trate de un alimento ultraprocesado.
En el grupo de los alimentos ultraprocesados se incluyen, por ejemplo, las gaseosas, ya sean azucaradas o edulcoradas; las verduras aderezadas con salsas que contienen aditivos alimentarios; las hamburguesas vegetales reconstituidas; los pasteles, dulces y barritas de chocolate con aditivos añadidos; los fideos instantáneos deshidratados; los yogures edulcorados…
Las salchichas y los jamones, que contienen nitritos, se clasifican como “alimentos ultraprocesados”, mientras que la carne simplemente conservada mediante salazón se considera “procesada”. Del mismo modo, las sopas líquidas en brick elaboradas únicamente con verduras, hierbas y especias se consideran “alimentos procesados”, mientras que las sopas deshidratadas, con adición de emulsionantes o aromas, se clasifican como “alimentos ultraprocesados”.
Compuestos denominados “neógenos”. Se trata de sustancias químicas que no están presentes inicialmente en una materia prima, pero que se forman durante su transformación. En el sector alimentario, aparecen principalmente como resultado de tratamientos térmicos – cocción, ahumado –, fermentaciones o procesos de conservación. Estas reacciones, como la reacción de Maillard o la oxidación de los lípidos, pueden generar compuestos con propiedades a veces tóxicas, cancerígenas o mutagénicas.
Alimentos que contienen más azúcar, más sal y más grasa
Los alimentos ultraprocesados son, en promedio, más pobres en fibra y vitaminas que otros alimentos, al tiempo que son más densos en energía y más ricos en sal, azúcar y ácidos grasos saturados. Además, se cree que incitan a comer más.
No obstante, hay que destacar que el hecho de pertenecer a la categoría de “alimentos ultraprocesados” no es sinónimo sistemáticamente de productos ricos en azúcares, ácidos grasos saturados y sal. De hecho, la calidad nutricional y el ultraprocesado/formulación son dos dimensiones complementarias, y no colineales.
No obstante, desde hace algunos años, un número creciente de trabajos de investigación ha revelado que los alimentos ultraprocesados tienen efectos nocivos para la salud que no están relacionados únicamente con su calidad nutricional.
Efectos sobre la salud demostrados y otros sospechosos
Los investigadores llevaron a cabo una revisión sistemática de la literatura científica sobre el tema. Esto les permitió identificar 104 estudios epidemiológicos prospectivos.
Este tipo de estudio consiste en constituir una cohorte de voluntarios cuyos hábitos alimentarios y estilo de vida se registran minuciosamente, y cuyo estado de salud se sigue a largo plazo. Algunos de los miembros de la cohorte desarrollan enfermedades, y otros no. Los datos recopilados permiten establecer vínculos entre su exposición alimentaria y el riesgo de desarrollar tal o cual patología, tras tener en cuenta los factores que pueden “confundir” estas asociaciones. Lo que los epidemiólogos denominan “factores de confusión”: tabaquismo, actividad física, consumo de alcohol, etc.
En total, 92 de los 104 estudios publicados observaron una asociación significativa entre la exposición a los alimentos ultraprocesados y los problemas de salud. Posteriormente, los 104 estudios prospectivos se incluyeron en un meta-análisis: es decir, un análisis estadístico de estos datos ya publicados, con el fin de realizar un resumen cuantitativo de dichas asociaciones.
Los resultados obtenidos indican que la mortalidad prematura por todas las causas fue el evento de salud asociado al consumo de alimentos procesados para el que la densidad de la evidencia fue mayor: una veintena de estudios incluidos en el meta-análisis. Es decir, las personas que consumían más alimentos ultraprocesados solían vivir menos tiempo que las demás, en igualdad de condiciones en cuanto a otros factores de riesgo.
Las pruebas también son sólidas en lo que respecta al aumento de la incidencia de varias patologías: enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes tipo 2 y depresión o síntomas depresivos.
El meta-análisis también sugería una asociación positiva entre el consumo de alimentos ultraprocesados y el riesgo de desarrollar una enfermedad inflamatoria crónica intestinal (cuatro estudios incluidos).
En lo que respecta a los cánceres, en particular el cáncer colorrectal, los indicios que apuntan a una posible correlación son más débiles. Será necesario realizar más estudios para confirmar o descartar esa relación.
Resultados coherentes con los trabajos experimentales
Más allá de estos estudios de cohortes, en los últimos años se han llevado a cabo diversos estudios denominados “intervencionistas”. Consisten en exponer a voluntarios a alimentos ultraprocesados y a un grupo de control a alimentos no procesados o poco procesados, con el fin de seguir la evolución de diferentes marcadores biológicos durante un periodo corto de dos o tres semanas, para no poner en peligro su salud.
Estos resultados sugieren que este tipo de alimentos sería perjudicial tanto para la salud cardio-metabólica como para la salud reproductiva. Por lo tanto, los alimentos ultraprocesados afectan a la salud, y lo hacen mucho antes de que se desarrollen enfermedades crónicas como la diabetes.
Otros estudios experimentales revelan que el consumo de ciertos emulsionantes, que también son marcadores de ultraprocesamiento, altera la microbiota. Esto va acompañado de inflamación crónica y se ha relacionado con el desarrollo de cánceres colorrectales en modelos animales.
Más allá del principio de precaución
Hoy en día, la situación es diferente. Los conocimientos acumulados gracias a las numerosas investigaciones llevadas a cabo en los últimos cinco años en todo el mundo han aportado pruebas suficientes para confirmar que el consumo de alimentos ultraprocesados plantea un verdadero problema de salud pública. Los indicios recopilados en estudios aún en curso sugieren también que ciertos colorantes y conservantes podrían resultar igualmente problemáticos.
¿Qué medidas hay que tomar?
Como suele ocurrir en materia de nutrición y salud pública, es necesario actuar en dos frentes. En lo que respecta al consumidor, el quinto programa nacional francés de nutrición y salud, actualmente en fase de elaboración, debería reforzar aún más la recomendación de limitar el consumo de alimentos ultraprocesados.
También habrá que reforzar la educación alimentaria desde la más temprana edad, así como la formación de los docentes y los profesionales de la salud, para sensibilizar a la población sobre esta cuestión.
En materia de información al consumidor, el etiquetado de los alimentos desempeña un papel clave.
También es fundamental no hacer recaer todo el peso de la prevención sobre la elección de los consumidores. Se necesitan cambios estructurales en la oferta de nuestros sistemas alimentarios.
Una falta de transparencia perjudicial para los consumidores
En la actualidad, las dosis en las que los fabricantes utilizan los aditivos autorizados no son públicas. Cuando los científicos desean acceder a esta información, por lo general no tienen más remedio que realizar análisis cuantitativos en las matrices alimentarias que estudian.
El peso de los intereses económicos
La falta de transparencia no se limita a las etiquetas de los alimentos ultraprocesados. También es importante verificar que los expertos que trabajan en estos temas no tengan vínculos de intereses con la industria.
Los recientes descubrimientos científicos deben incitar a los poderes públicos a adoptar medidas que antepongan la salud de los consumidores a los intereses económicos. Se trata de una necesidad imperiosa, en un momento en que la epidemia de enfermedades crónicas relacionadas con la nutrición se agrava, destruye vidas y supone una carga cada vez mayor para los sistemas de salud.
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Una nueva perspectiva sobre un viejo problema
La obesidad no se debe a una falta de voluntad, a pesar del estigma social que la rodea. Tampoco se trata de un problema individual. La obesidad es una enfermedad compleja, profundamente arraigada en un cerebro adaptado a la supervivencia en épocas de escasez. Para tratarla, hay que adoptar un doble enfoque: promover estilos de vida saludables y, cuando sea necesario, recurrir a terapias que actúen sobre los circuitos cerebrales que regulan el peso.
Durante mucho tiempo incomprendida, la relación entre las hormonas cerebrales y el aumento de peso
está empezando a salir a la luz gracias a la ciencia, y esto podría ayudar a millones de personas.
Comprender cómo funciona – y cómo falla – el hipotálamo será esencial para frenar esta pandemia
silenciosa del siglo XXI. Y es ahí, en el cerebro, donde se libra la batalla científica más prometedora.
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