enero 13, 2018

Habilidades y Hábitos para Fomentar la Autonomía de los Niños





El desarrollo de la autonomía personal es un objetivo prioritario en la educación de un niño. Un niño autónomo es aquel que es capaz de realizar por sí mismo aquellas tareas y actividades propias de los niños de su edad y de su entorno sociocultural.

Un niño poco autónomo es un niño dependiente, que requiere ayuda continua, con poca iniciativa, de alguna manera sobre protegido.

Los niños con pocos hábitos de autonomía, generalmente presentan problemas de aprendizaje y de relación con los demás. De ahí la importancia de su desarrollo: normalmente cuando progresan en este aspecto, también lo hacen en su aprendizaje y relación con los demás.

La autonomía le permite a un niño arreglárselas a diario, ser cada vez más independiente y tomar sus propias decisiones. La necesidad de autonomía evoluciona a lo largo de la infancia y la adolescencia. Volverse autónomo es adquirir gradualmente una forma de control sobre uno mismo y sobre su vida. Es un elemento esencial de autoconfianza.

La autonomía se desarrolla en muchas esferas de la vida. Implica habilidades físicas, pensar, adquirir conocimiento, interactuar con otros, manejar emociones y distinguir entre lo bueno y lo malo.

Fomentar la autonomía desde los primeros años de vida es la base del aprendizaje. Hace que los niños se muestren más seguros de sí mismos y de sus capacidades a la vez que aprenden a asumir riesgos y a valorar sus posibilidades de éxito. Por su parte, un niño dependiente requiere de ayuda continua y tiene poca iniciativa, suele presentar problemas de aprendizaje y de relación con los demás.

Ayudar a los hijos a ser más autónomos es una tarea relativamente sencilla, ya que se trata de permitirles tomar decisiones y asumir responsabilidades. No tienen por qué ser grandes hazañas, sino más bien, habilidades y tareas adaptadas a su edad como recoger, ordenar, comer solos, preparar su mochila…

Como norma general todo aquello que el niño pueda hacer solo, siempre que no entrañe peligro, debe hacerlo él mismo. También es válido como criterio enseñar aquellos hábitos que tienen adquiridos la mayoría de niños de una edad.

La mayoría de los niños funcionan muy bien con rutinas, luego lo ideal será conseguir que esos hábitos se conviertan en rutinarios. Con una práctica adecuada, los hábitos se adquieren de 20 a 30 días.

Aprender a ser autónomo también significa aprender a ser responsable, es decir, ser capaz de tomar las decisiones correctas solo. Al volverse autónomo, el niño también adquiere un sentido de importancia y pertenencia: puede contribuir a la vida familiar y sentirse a gusto en este primer 'grupo social' al que pertenece.


Niños de 2 a 3 años : estimulando su autonomía e independencia

El niño va creciendo y haciéndose cada vez más autónomo e independiente. Aunque ahora es todavía pequeño ya reclama su espacio y quiere hacer muchas cosas él solo, sin ayuda de nadie.

Se empieza a notar este proceso alrededor de los 18 meses, cuando el pequeño comienza a decir “yo solo, tú no”. Estas ganas imperiosas de valerse por sí mismo todavía son mayores, y hay que respetarlos, dejar que prueben y que intenten hacer las cosas por sí mismos. Ayudarlos en lo necesario, y enseñarles los pasos que hay que realizar, pero estimulando y fomentando su autonomía.

Sobre protegerlos, hacer por ellos las cosas que ya saben hacer no conduce más que a la inseguridad del niño, que cree que no es suficientemente válido para hacerlo solo y acaba acostumbrándose a que los padres le sigan dando de comer, lo vistan y laven.

Es importante que se les estimule y se les deje hacer, estimularles les permitirá practicar estas habilidades recién adquiridas.

Se debe aceptar también que esas ansias de independencia y autonomía generan a la vez algunas de sus rabietas y primeras frustraciones. Pero cuando consiguen hacer algo por si solos se sienten muy satisfechos, se sienten autónomos y perfectamente válidos para hacer aquello que se han propuesto, además les encanta descubrir sus nuevas destrezas.

En cambio, un niño sobre protegido es aquel que sus padres le siguen haciendo todo cuando el niño está perfectamente capacitado para hacerlo solo, como por ejemplo:

* le siguen dando de comer,
* le siguen vistiendo y calzando,
* le siguen acompañando al baño.

Los niños de padres sobre protectores normalmente :

* aprenden a ser dependientes de sus padres,
* son más miedosos,
* muestran actitudes inmaduras,
* con poca tolerancia a la frustración,
* suelen ser tímidos y retraídos,
* con baja autoestima,
* y en consecuencia suelen ser niños con pocos amigos.


Niños de 3-6 años: desarrollo físico y psicológico

La etapa de los niños de 3-6 años es un periodo de grandes avances en el desarrollo físico, el crecimiento y la coordinación motora. Dejó atrás el periodo más vulnerable y aumenta su fortaleza física y su capacidad para desarrollar disímiles actividades y enfrentar las enfermedades.

La infancia temprana es el periodo transcurrido hasta los 6 años de vida y se considera la etapa donde el individuo alcanza sus mayores logros. Y es que las habilidades que demuestren los hijos son consideradas como indicadores de su desarrollo físico y psicológico. Ellas se demuestran en la forma de jugar, aprender, hablar, comportarse y moverse.

La maduración del sistema nervioso del niño no supone solamente pasar por etapas prefijadas biológicamente. Los adultos, con su participación inteligente y comprometida, lograrán potenciar sus habilidades motrices, intelectuales y manuales.

El niño, por naturaleza, se vuelve muy inquieto y está atento a todos los estímulos ambientales. Para ellos todo es nuevo. El contacto con el medio que los rodea moldeará su personalidad y su manera de pensar y actuar.

Indicadores del desarrollo físico y psicológico en los niños entre 3-6 años de vida

Desarrollo psicomotor grueso

Uno de los indicadores del desarrollo físico y psicológico es el psicomotor grueso, el cual le permite al niño moverse en todas las dimensiones, adquirir plena conciencia de su cuerpo y cultivar su destreza motriz.

Motricidad fina

A nivel cerebral, las áreas que maduran de manera más evidente son las relacionadas con la motricidad fina. Estas son las encargadas de controlar de forma separada grupos musculares más pequeños, brindando nuevas capacidades al cuerpo en su desarrollo físico y psicológico.

A los 3 años comienza a hacer trazos verticales, horizontales o circulares. Al principio, grandes y vacilantes, pero paulatinamente los hará más cortos y precisos, marcando el inicio del aprendizaje de la escritura. Será capaz de copiar un círculo, recortar con tijeras, cepillarse los dientes, vestirse, desvestirse, abrochar y desabrochar botones sin ayuda alguna.

A los 4 años ya podrá dibujar un cuadrado, doblar papeles y colorear formas simples, usar las tijeras para cortar en línea recta y manejar bien los cubiertos.

Entre los 5 y 6 años, el desarrollo físico y psicológico se refleja en mayores habilidades: untará con un cuchillo, dibujará triángulos, estrellas y rombos, y será capaz hasta de dibujar un cuerpo humano completo en dos dimensiones.

Habilidades cognitivas

La capacidad del niño de aprender y entender demuestra sus habilidades cognitivas, siendo uno de los indicadores más interesantes del desarrollo físico y psicológico.

Desarrollo del lenguaje

Aprender los significados de las palabras depende en gran medida de los adultos que estén a cargo de los niños. Se debe propiciar la asociación de nombres con objetos, contarles cuentos, enseñarles libros y dibujos, imitar sonidos y cantar canciones.

Es muy importante, además, enseñarles a pronunciar correctamente las palabras y las normas elementales de educación: saludar, despedirse y no interrumpir, entre otras. Estas son algunas de las estrategias que potenciarán el lenguaje dentro de su desarrollo físico y psicológico.

Comportamiento afectivo y social

Antes de los 2 años las relaciones sociales giran en torno a la familia, pero después, comienza una etapa donde el vínculo extra familiar debe ser potenciado.

Los niños, por lo general, trasladan al entorno social su comportamiento en el hogar como parte de su desarrollo físico y psicológico y, desafortunadamente, es frecuente observar conductas coléricas y agresivas que denotan la inadecuada relación niño-familia.

Debe ver como normal que pongan a prueba sus límites físicos, conductuales y emocionales, pero esto obliga a los padres a fijar normas disciplinarias y un ambiente seguro. Lo anterior se debe unir al desarrollo de la iniciativa, curiosidad, deseo de explorar y gozo  sin sentirse culpables o inhibidos , pero tampoco debe permitirse que actúen a su antojo y libre albedrío.

Desarrollo intelectual

A esta etapa se le conoce como periodo pre-operacional o de la inteligencia virtual e intuitiva, en que el niño está inmerso en un mundo de objetos físicos con los que interactúa y de personas con las que se relaciona.

Su desarrollo se rige fundamentalmente por la formación de símbolos mentales, o sea, no toma el objeto por lo que “es” sino por lo que “representa” como por ejemplo dibujar un animal que no ve, imitar que está manejando un carro y hacer que come en un plato vacío. A esto se le suma el lenguaje y los sonidos. Su atención irá ganando en control, adaptación y capacidad planificadora.

El juego seguirá siendo una actividad primordial en el desarrollo físico y psicológico de los niños, constituyendo el medio idóneo para estimular el lenguaje, la memoria, la capacidad de razonamiento, de planificación y de creatividad. No subestimar el potencial de aprendizaje del niño: favorecer el despliegue de todas sus habilidades.

Desarrollo de la personalidad

Esta etapa pre-escolar es crucial para el desarrollo de la personalidad. En función del contexto familiar y de cómo se manejen los deseos del niño y sus conductas, dependerá que se forje un individuo equilibrado, autónomo, con conciencia moral y de elevada autoestima. Para que un niño se valore debe sentirse valorado y la correcta educación emocional es fundamental para desarrollar una adecuada personalidad.

Es normal que expresen abiertamente sus sentimientos y emociones, pero hay que enseñarles a controlarse y comportarse dentro de límites permisibles. Inevitablemente, tendrán que enfrentar retos y los adultos tienen la obligación de prepararlos para esos momentos.

El niño pequeño experimenta verdaderas tormentas emocionales debido a la inmadurez de su corteza prefrontal, la parte del cerebro que regula las emociones. Pero el adulto puede, por su acompañamiento indulgente, ayudar a que esta corteza prefrontal madure más rápidamente o, por conductas inapropiadas, retrase esta maduración.

Actividad física

La actividad física  se debe promover en los niños de 3-6 años. Su gran energía y resistencia se debe encauzar en actividades al aire libre. Es una etapa muy importante en el desarrollo de sus destrezas motoras, en la coordinación  y en su habilidad para jugar y efectuar actividades deportivas de forma más estable.

Los juegos al aire libre y la práctica de cualquier deporte evitarán el sobrepeso y le darán una rutina diaria imprescindible. Con ellos desarrolla las destrezas motoras y mejora su coordinación.

Recordar que su seguridad es de gran importancia y que se deben seleccionar las actividades físicas seguras y empleando los medios de protección adecuados para cada actividad y edad. Basado en lo anterior es conveniente propiciar el desarrollo de actividades físicas en familia, así se divertirán mientras que disfrutarán de un tiempo en familia inolvidable.


Niños frustrados… adultos inseguros

Los niños sobre protegidos y con dificultades para hacer frente a sus frustraciones serán, el día de mañana, adultos con graves dificultades emocionales para desenvolverse con soltura en la vida.

El adulto que no tolera la frustración es iracundo, inmaduro, incapaz de gestionar sus decepciones y de generar planes de acción alternativos para llegar al mismo objetivo que se había planteado de inicio. Tiene dificultades para identificar y expresar sus propias emociones, poca inteligencia emocional y serias barreras que le impiden ser empático, asertivo y resolutivo.

El adulto inseguro que no tolera la frustración un día fue niño, un niño que no adquirió las habilidades que después le permitirían ser un adulto autónomo, equilibrado y adaptativo. Fue un niño ansioso, que se volvió cada vez más demandante e impaciente, a quien le molestaban los cambios, que era impulsivo (a veces incluso agresivo), que aprendió que las tareas difíciles era mejor abandonarlas y esperar que alguien las resolviera en su lugar, que se enfadaba ante la ausencia de resultados inmediatos y que, desde la rigidez cognitiva que progresivamente fue desarrollando, acabó temiendo tanto el fracaso que se volvió inactivo.

Desde muy temprano el niño empieza a expresar sus deseos y su voluntad se impone: pide lo que quiere, exige incluso, rechaza lo que le disgusta… Y  los padres no pueden simplemente sucumbir. Les corresponde gestionar ese torrente de impaciencia, les corresponde educar. Porque además, a partir de ese momento las demandas van a más, todo se complica.

El padre y la madre, o el cuidador que corresponda, como figuras de autoridad dotan de seguridad al niño y sirven de soporte emocional constante. Son las únicas figuras que aceptan al pequeño de manera incondicional pero que al mismo tiempo cumplen otra función mas compleja: la de imponer límites y normas que guíen su desarrollo. Gracias a esta guía el futuro adulto interioriza los valores que marcarán su identidad. Ese límite que a veces tanto cuesta poner es, en el fondo, lo que el hijo más necesita y lo que en el futuro más agradece.

El objetivo de los padres es preparar a su hijo para convertirse en un adulto autónomo (que sepa cómo tomar decisiones, cómo elegir), responsable (que asume las consecuencias de sus elecciones, sus acciones) y realizado.


Para crear adultos psicológicamente saludables

* Desterrar la inmediatez. La responsabilidad de padres y educadores es enseñar que los refuerzos que se esperan ante una determinada conducta pueden no llegar, pueden ser distintos de los esperados o pueden llegar de forma demorada.

* Alternar la naturaleza de los reforzadores con los que se les educa. Se puede manejar el refuerzo de manera demorada, no inmediata y no vinculada siempre a lo material. Los refuerzos sociales y afectivos contribuyen al desarrollo de una autoestima más sana y a la construcción de una persona más resistente ante las adversidades.

* Ser ejemplo de equilibrio emocional y riqueza en las respuestas que se ofrecen ante los conflictos. Todo lo que se hace en situaciones conflictivas no siempre es lo más adecuado: hay mucha situaciones en las que se muestra todas las debilidades y por supuesto no siendo el mejor ejemplo.

* Soportar que el niño experimente sus propias emociones, incluso cuando son aversivas. Si a los niños les cuesta resistir la frustración y tolerar a incertidumbres, el principal error de los padres es que ellos no toleran en ninguna medida el sufrimiento del niño. El dolor emocional indica que algo de la esfera cognitiva, social, emocional o conductual no está funcionando del todo bien y merece atención, merece ser resuelto. Para cambiar, para mejorar, para desarrollarnos a cualquier nivel, no se puede obviar el dolor como parte de la vida y se debe permitir que los niños aprendan también cuál es su función y cómo enfrentarse a él de manera adaptativa para ellos.

* No adelantarse a sus necesidades ni resolverles todos sus problemas. Para formar futuros adultos con autonomía y eficacia para la vida es necesario que los padres no se fusionen con sus hijos, que les permitan a ellos ensayar sus propias estrategias y desplegar sus propias respuestas: ni todos los éxitos del hijo son atribuibles a los padres ni todos los fracasos lo son tampoco. Un niño que se siente respetado y capaz se sentirá mucho más a gusto emocionalmente que un niño que está demasiado 'sobre protegido'.

* Ofrecer alternativas cuando las pidan, pero no ser LA solución para todo. Porque el adulto sí ha de velar por prevenir posibles consecuencias o  daños mayores en el largo plazo. Por eso es imprescindible encontrar un punto de equilibrio: ayuda y guía sí, pero la excesiva sobre protección tiene que quedar fuera de toda negociación, ofreciendo alternativas de acción para que, de manera genuina, resuelva sus problemas.

* Permitir que los niños asuman responsabilidades. El niño, siempre de manera coherente con su nivel de desarrollo y sus capacidades, debe de ir resolviendo los problemas en los que se mete y asumiendo responsabilidades de manera progresiva. Se trata de que paulatinamente vaya construyendo su propia autonomía y se exponga a la toma de decisiones que corresponda en situaciones cotidianas que él vaya siendo capaz de manejar.

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Los niños autónomos tienen mayores habilidades cognitivas

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Montreal en enero 2013, sustenta la teoría de los padres como claves para fomentar la autonomía de sus hijos a través de la realización de tareas, y por consiguiente, mejorar sus habilidades cognitivas. Los niños de madres que son capaces de apoyar su desarrollo y autonomía suelen presentar habilidades cognitivas elevadas.

El estudio contó con la participación de 78 madres y sus hijos, a quienes los investigadores visitaron en sus casas en 2 ocasiones diferentes, una a los 15 meses del nacimiento del bebé, y nuevamente a los 3 años, ambas de 60 a 90 minutos de duración.

En las visitas se les pidió a las madres que ayudasen a sus hijos a completar actividades que eran ligeramente complicadas para realizar por sí mismos (construir una torre o completar puzles en la primera visita, y ordenar bloques en la segunda visita). Las actividades tomaron 10 minutos y fueron grabadas para evaluar luego con mayor precisión.

La función ejecutiva fue evaluada a los 3 años a través de una serie de juegos adaptados que revelan la habilidad del niño de postergar la gratificación, la capacidad de memorizar y de pensar en múltiples conceptos de forma simultánea.

Los puntajes más elevados fueron conseguidos por los niños cuyas madres fueron capaces de promover una conducta autónoma, entretanto quienes no lo hicieron lograron una calificación menor.

Este estudio plantea la posibilidad de que la función ejecutiva del niño pueda requerir no sólo una crianza de alta calidad sino además una calidad consistente. Esto lo sugiere la asociación entre el puntaje compuesto del apoyo a la autonomía y la función ejecutiva del niño, así como por el hecho de que las diferencias más notables se observaron entre los niños con un alto y consistente nivel de autonomía a lo largo del tiempo y los de un bajo nivel.

Los investigadores analizaron la función ejecutiva, que se refiere a un amplio rango de procesos cognitivos claves para el funcionamiento cognitivo, social y psicológico. Demostraron que la función ejecutiva en los niños se relaciona con la habilidad de la madre de apoyar su autonomía. El apoyo de la autonomía incluye cosas como enseñar a los niños resolución de problemas, tomando en cuenta la perspectiva de los niños y asegurándose que tome un papel activo para completar las tareas.

Lo más importante es que el estudio muestra que no se trata solamente de un buen comienzo. Si bien muchos estudios han confirmado que el apoyo maternal es crítico, unos pocos han observado cómo estas habilidades pueden cambiar con el tiempo y el efecto que podrían tener.


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